¡Hola!
Soy Silvia, mamá de Alma, que
tiene ahora 2 años y tres meses.
Durante todo el primer año y
medio de Alma contamos con el apoyo de Méme y “La Mantita” para la crianza de
nuestra hija. Aprendimos a observarla y, lo que es más importante para mí, aprendimos
a dejarla crecer y descubrir el mundo por sí misma. Ahora es una niña preciosa
y despierta (¿qué voy a decir yo?), que muestra gran seguridad y confianza en
sí misma. Y en nosotros.
Aprendió a moverse en el suelo, a
gatear, a escuchar voces, sonidos y a vernos gateando a su lado, a su altura.
Se entusiasmó poniéndose de pie y siendo capaz de alcanzar nuestro espacio,
ahora casi a nuestra altura. Durante este tiempo he sido consciente de detalles
curiosos. En el ámbito espacial aprendió límites sin imposición, sus límites
naturales. Y creo que el resultado es su prudencia en el movimiento. Me encanta
verla, casi desde que empezó a andar, tanteando, probando, sintiendo que su pie
está firme para dar sola el siguiente paso por una escalera. Jamás le
prohibimos bajarla, le animamos y le acompañamos a hacerlo. Y nunca se lanzó
por ellas. Cuando paseamos por la montaña va solita, camina, mira las piedras,
tropieza y siente que tal vez el siguiente tramo es difícil y pide la mano para
seguir. Después, el consabido “ahora yo solita” y seguimos caminando.
Tiene carácter y defiende su
espacio y su identidad. Es Alma, lo tiene claro (no deja que le llamen
Almita!). Y eso también es fruto de ese darle espacio para sentir su
importancia como persona. Y de forma natural, igual que lo recibió, expresa
cariño, con gestos y palabras. Sin dudas, sin vergüenzas.
Ahora, con casi dos años y medio,
estamos en una etapa maravillosa: el avance de su lenguaje, oral y corporal.
También creo que ahí aprendimos a dejarle su espacio, a hablarle y dejarle
contestar, darle tiempo a construir. Y es fantástico verla ahora ocupando y
exigiendo ese espacio de expresión, autocorrigiendose frases que empieza
incorrectamente, pero sin sufrir, de forma natural, buscando la mejor comunicación.
Cuando no la entendemos, rara vez
se enfada: se queda pensativa, nos mira y busca como dar el giro y cambiar las
palabras o señalar algo que pueda hacernos comprender lo que pretende decirnos.
Sin dudar de que va a conseguirlo, con la paciencia de volverlo a intentar. Y
estoy firmemente convencida que esa calma es la misma que le transmitimos
nosotros hace meses, desde sus primeros días, cuando ella no nos entendía y la
mirábamos y repetíamos y buscábamos otras maneras (contacto físico, imágenes) para
que ella comprendiera. Sé que abrimos ahí un espacio, en “La Mantita”.
Y si me tomo al pie de la letra
“La Mantita”, ese espacio en el suelo para el juego y el autoaprendizaje, ahí
seguimos: en su habitación y en nuestra sala, hay un espacio abierto en el
centro para estar en el suelo, en contacto con la tierra, para sentarnos y
jugar, hacer “gimnasia”, leer cuentos. Un espacio limitado por las alfombras,
que nos hacen sentirnos cómodos y calentitos, apreciándolo.
Alma es una niña segura de sí
misma, muy autónoma y al mismo tiempo sociable. Busca gente, es cariñosa, es
tremendamente comunicativa. Y aunque mucho de todo ello viene de ella, de su
personita original, también sé que Paco y yo hemos ido marcando huellas en su
forma de actuar y sentir y le hemos ayudado a descubrirlas y a expresarlas. Me
encanta verla crecer, seguir paso a paso sus pasos y sus avances y sé que he
sido más consciente de esos pasitos porque he aprendido a observar estando a su
lado.
Gracias, Méme!
Besotes.
Silvia.



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